San Valentín

Gracias Tom Waits

Eran las 6 de la mañana del viernes. Estaba tomando un café con Leticia en un bar de una estación de servicio. Se asomaban los rayos del sol que pasaban por el vidrio y el calor se sentía en mi frente.
– Me tengo que ir – dejándola detrás mío.
– ¿Me mandás mensajito después, Ramiro?

Me fui a tomar el tren. Era la segunda vez en la semana que trasnochaba y las 10 horas laborales que venían después, sumándole las 2 horas de viaje diario me dejaba en paupérrimas condiciones.

Hice combinación tren-subte.
Una vez que salí del mundo subterráneo, me dirigí a la farmacia que estaba en la esquina a comprarme un analgésico. Ya se me estaba haciendo costumbre tomar uno cada mañana.

El loco de la esquina se encuentra en la puerta de la farmacia mirándome salir.
Siempre está allí mirando con atención la gente que entra y sale.
Hace un baile con muy poca gracia y espera recibir unas monedas a cambio.
Agradece con una reverencia y sigue haciendo su rutina de baile soso durante todo el día.

Llegué a las 8.30 para levantar la persiana de la librería en plena Avenida Corrientes.

A media mañana, un niño de no más de 10 años se asomó por el mostrador sin que me diera cuenta y me gritó:
– Dame algo – elevando una ceja
– Tomá – y le dí una revista vieja de Sudoku
– ¡No gato, dame guita!
– Pendejo, rajá que te cago a patadas.
– ¡La puta que te parió, gato! – me gritó mientras se iba alejando.

Promediaban las seis de la tarde. Una joven adolescente había salido de un colegio privado y por cada paso que hacía iba desaliñándose, como queriendo deshacerse de su prolijo aspecto. Guardó sus anteojos en el bolso y se puso unos color negro. Se soltó el cabello recogido y entró a la librería.
Se puso a hojear unos libros en promoción 2x$30, tenía en la mano uno de Ayn Rand.
Levantó su mirada levemente y se dió cuenta que le estaba observando.
Se acercó al mostrador y me dijo:
– ¿no te copás con algo británico?
Entré a Youtube y puse London Calling.
– No, ¡pero ponete otra cosa!
– Vos pediste británico – y puse Sunday Morning Call.
Inmediatamente comenzó a menearse frente a mí, esforzándose por parecer sexy.
– ¿Te vas a llevar ese libro de filosofía que estabas hojeando? No tenés pinta de gato.
– ¡Andá a cagar, pelotudo! – dió media vuelta y se fue revoleando el libro en la pila que había sobre la mesa.

Seis de la tarde.
Era tiempo de estirar las piernas y quedarme un rato en la entrada de la librería observando el trajín de la hora pico.
A mi costado, todavía quedaban tarjetas del San Valentín en una estantería.
Esas putas tarjetas del Día de los Enamorados que no hacen más que recordarme la cagada que me había mandado.
No voy a poder quitarme de la cara ni de las manos las manchas de sangre, ni olvidar aquel golpe, ni la rosa que tenías en la mano.
Todas las noches me doy con vodka para no tener estas pesadillas y tomo analgésicos por la resaca.
Voy a muriendo con vos un poco más en cada San Valentín.

¿No te acordás que prometí escribirte una tarjeta para el Día de San Valentín?

25 de octubre de 2012

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Este obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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