Tropezón

¡Volvieron los cuentos! Uno, no muy inspirado. Un poco diferente a los otros. Es que se vino la primavera pío pío pío, pío pío pá ¡Aguante Ringo Bonavena!

Tres años estuve viajando de aquí para allá, a lugares tan exóticos como Singapur por ejemplo.
No, no era un explorador ni un adinerado excéntrico que se había tomado largas vacaciones. Siempre fue por cuestiones laborales.
Ya me había cansado de esa vida, ya tenía bastante dinero y decidí renunciar.

“Un mes y pico de vacaciones me va a venir bien para despejar la cabeza” pensé.
Salí de la oficina, me fui a una plaza que había por ahí cerca y me senté en el borde de cemento del cantero. Al lado mío había un chico de secundario con la corbata suelta que parecía un gran collar colgado del cuello. Se estaba fumando un porro. No me sorprendió ni que estuviera fuera en horario de clase ni tampoco me sorprendió que estuviese fumando porro a esa hora. Me sorprendió que ya no me sorprendiera nada.

Me levantaba a la mañana para salir a caminar por la ciudad.
La mayor parte de mi vida viví en la ciudad y nunca me había percatado de lo bella que era con sus anchas avenidas, su mezcla de arquitecturas. Su diversidad cultural. Recién ahora empecé a apreciar lo interesante que era caminar por Tucumán a la altura de Once.
Tantos años viviendo aquí y no conocía lugares que los turistas visitan en un día en esos tours que parecen carreras. Me dí cuenta que era un ciego y era inconcebible haberme pasado por alto la galería comercial subterránea de Cerrito.
“Es que siempre anduve en auto” me justifiqué.

Traté de ver la ciudad con ojos de turista y me hice de folletería para visitar lugares que nunca había visto. En mi vida había entrado a la Biblioteca Nacional. Y allí me dirigí, a ese lugar que era tan ajeno a mí.
Me sorprendió todo, el inmenso edificio, el patio y la tranquilidad del lugar. Me quedé sentado observando el todo.

Éramos dos disfrutando del paisaje. De un lado ella leyendo un libro y yo del otro lado leyendo la folletería turística. Entre nosotros, unos cinco metros de distancia. Ni se percató (o no le importó) mi presencia.

– Bueno, por la zona qué más hay… Ah… – me mordí los labios – nunca fui al Cementerio de Recoleta.
Tan vana, tan carente de inquietudes había resultado mi vida que nunca había notado todas las cosas que había frente a mí. O tal vez resultaba que nunca me había dado la oportunidad. Tal vez es porque nunca me dieron la oportunidad. ¿Qué hice en la escuela? ¿qué hicieron mis viejos conmigo?

Entré al Centro Cultural Recoleta. Tuve suerte, ese día había un concierto de Dvörak. Dvörak era lo único de clásico (¿era clásico?) que escuchaba. Es más, ni siquiera tenía gustos definidos. No se por qué lo escuchaba, yo de música no sabía nada pero mi abuelo tenía un disco de una obra de él y desde ese momento no paré de escucharlo.
Me quedé hipnoptizado por la música de tal forma que no me dí cuenta que ella también había aparecido en escena.

– ¿No sos de acá no?
– Ehhh, ¿por?
– Por la cantidad de guías.
– En verdad soy un total ignorante.
– Ignorante o no por lo menos apreciás la buena música.
Ese fue el día que la conocí y así la conocí. Nada de historias románticas ni nada elaborado. Solo por casualidad.

De ese día a hoy pasaron dos semanas, sabía muy poco de ella, solo que se llamaba… prefiero ser discreto, no voy a dar nombres por ahora. Así que será simplemente ella.
A pesar de haberla conocido hacía dos semanas, parecía que la conocía de hacía mucho.
No sabía si trabajaba, estudiaba, si estaba en pareja, vivía con su familia, etc.

Ella siempre iba a leer al patio de la Biblioteca Nacional o por ahí. Sin embargo no era del barrio, venía de lejos, nunca me dijo bien de dónde, apenas la conocía. La verdad no sé que había entre nosotros. Yo solo la seguía. Ella apenas con dos o tres palabras y una mirada me manejaba.
Mis amigos me hubiesen dicho “Boludoooooo”, pero no me importaba porque no tenía amigos.

Hoy nos quedamos sentados en el césped de Plaza Mitre, espaldas enfrentadas disfrutando del tibio sol de primavera que había comenzado a aparecer hacía unos días. Miraba los aviones alejarse hacia el Río de La Plata y mucho más abajo veía una línea de autos corriendo rápidamente por Avenida del Libertador.
Ella por su parte se puso a leer un libro. A ella le gustaba leer Mayakovski, y no lo leía en castellano, lo leía en ruso. Nunca había conocido antes a una persona que domine un idioma como ruso.
Yo era un completo ignorante, siempre había leído cosas que sean para estudiar. Me sentía muy inferior a ella, con su frialdad y gran intelectualidad. Yo conocía más el mundo por cuestiones de trabajo pero no conocía nada, siempre dedicado a trabajar, me avergonzaba que siempre terminara hablando del trabajo.

Respirábamos casi al únisono a pesar de estar de espaldas.
“Qué loco, no puedo lo creer, puedo escucharla y sentir su respirar” pensaba para mis adentros. Sonreía como un bobo.

De repente dijo “Che…”. La miré por sobre mis hombros.
– Vamos yendo. Tuve demasiado sol por hoy.

Nos volvimos caminando por Pueyrredón hasta Corrientes donde me dijo:
– Bueno, acá me tomo el cole. Uy, apenas llegue a casa me tengo que poner a lavar ropa, es una cagada, quiero comprarme un lavarropas.
Sonreí.

A pesar de ser primavera, de repente sopló una brisa fría. Ella tembló y la abrazé para que no tenga frío. Traté de protegerla lo más posible. Me observó detenidamente con sus renegridos ojos redondos que contrastaban con su blanco cutis y me dijo muy seriamente: “Sos bueno”. ¿Seré bueno?
Me dió un beso y apenas terminó apareció el colectivo. ¿Pero de dónde apareció que no lo ví? ¿y por qué tan rápido? ¿había perdido la noción del tiempo? Me pareció un complot del destino, pero atesoré esos pocos segundos.
Subió y se fué.

Tomé el camino de vuelta, me sentía volar, indestructible. Fui bajando por Avenida Corrientes y caminaba como si nada alrededor existiera.
Me había olvidado de los sin hogar que estaban tirados en el medio de la basura de las anchas veredas, de la gente que en su rutinario dialogar con su celular iba escribiendo mensajes de texto mientras me atropellaba, literalmente hablando. No escuchaba el ruido del tránsito, no veía el gris del mundo. Era caminar por Picadilly Circus.

Iba dando brincos mientras caminaba y sonreía, pero para no parecer un tonto me mordía los labios aunque los labios escapaban a mi propia mordida y se notaba la sonrisa.
Seguía caminando por la avenida haciendo caso omiso a los tipos que en las esquinas me ofrecían papelitos con teléfonos de mujeres de la noche, hacía caso omiso a los promotores de obras de teatro.

Parecía estar caminando a destiempo, no podría asegurar si yo iba a destiempo o si la gente iba a destiempo mío. En fin, todo es relativo.

Reitero, me sentí volar y volé, vi el cielo negro todo estrellado como si estuviera acostado en el aire boca arriba y caí a la dura realidad de saber que no iba a volver a verla.

Moraleja 1: no por estar enamorado se es invencible (aunque uno lo sienta).
Moraleja 2: […] llenar con lo que más les guste.

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Este obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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5 comments

  1. Muy buena la historia la verdad, hace parecer a Bs As como una ciudad poco amigable con los enamorados… 😛
    “Si veo a un boludo flotando de felicidad por ahí, le tiro el auto!” Hay dias en que uno piensa eso 😀

Antes de darle al botón "Publicar" y mandar todo al carajo, te recomiendo que respires hondo y leas las FUQ que te iluminarán el camino :)

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