Ingeniero Santos

Después de llegar a casa a la una de la mañana me tomé unas copas de vino y me puse a teclear cosas sin sentido. Las pegué con Voligoma (¿se acuerdan de “vopolipigopomama”?) y quedó un cuento.
Así que volví con los cuentos aunque no muy inspirado, inhibido por la rutina y los tiempos modernos (monótono como la película).

En fin, me gustaría tener una Moleskine. Ya saben qué regalarme para el día del niño.
————

Tic tac, tic tac, el reiterativo sonido que se escuchaba en el despacho.
El doctor Gutierrez se sentó detrás del escritorio, vió el expediente. Le echó un vistazo al caso Santos que había convulsionado al departamento.

Santos estaba recluido en su mundo, como hacemos mucho de nosotros en nuestra vida. Volver del trabajo, ver tele, escuchar la radio, leer el periódico, conectarnos a Internet.
Ricardo Santos, abría su cuaderno Moleskine y se transportaba, se transportaba al pasado. Diez de junio de 1990. Santos había sido un hombre importante, realmente importante. Por lo menos para el círculo donde se movía, una logia que hacía un buen tiempo se había separado ligeramente de la francmasonería. Todo lo que contaba Santos en su cuaderno realmente estaba fuera del entendimiento de Gutierrez.

Ricardo Santos tampoco entendía como había llegado allí, para él era todo por accidente, nunca se lo propuso. Muchos le dijeron “es tu destino”. Nada más ilógico que eso, Santos era un ser totalmente racional y no pensaba en que su destino estuviera predestinado, sino ¿para qué gastar tantos millones de año en energía, evolución, genes, cataclismos y dolor?

Creyó conveniente salir a caminar un rato y se sentó en una plaza.
Mientras revisaba sus notas iba viendo su progreso en su vida. ¿Por qué hice todo ésto? Si yo solo quería una vida tranquila, yo no lo busqué.
– Disculpe maestro, ¿por dónde agarro? – interrumpió el tachero el soliloquio de Santos.
– ¿Eh? Por Angel Gallardo – respondió e inmediatamente se preguntó cómo llegó al taxi.
Volvió a revisar su Moleskine y en la última página encontró una huella digital con sangre y se horrorizó.

Gutierrez ya se estaba cansando de la historia y cerró la carpeta. Fue a la sala de interrogatorio donde se encontraba el típico vidrio espejado para ver lo que decía el acusado.
Detrás del vidrio se encontraba Ricardo que le explicaba al psiquiatra sus vivencias.
– Mire, mire… aquí dejé todo documentado – mientras le enseñaba sus anotaciones –. No recuerdo nada de lo que escribí aquí, es como si se me hubiese borrado la mente. ¿Ud. me cree no?

El psiquiatra miró un poco desconcertado hacia el vidrio desde donde el oficial Gutiérrez estaba como testigo de los hechos. Se volvió a dirigir a Santos y le dijo.
– ¿Me permite?
– ¡Por supuesto!

El oficial Romero le murmuró a Gutierrez de costado:
– Es solo un diccionario.
– ¿Un qué?
– Sí, es un diccionario, pero el tipo dice que es su diario y encima se hace llamar “ingeniero Santos”. – y mientras con el dedo índice hacía un movimiento circular en la sien.
– ¿Como el ingeniero Horacio Santos, el del caso del ’90?
– Sí.
– Pero, pero… este Santos no es ingeniero ¿espera que le crean tal historia?

“Villa Devoto… Siempre hice lo que los otros creían correcto, hasta me convencí que eso era lo correcto. ¿Qué tenía de especial? Nada.
Estaba sentado en la plaza cuando había terminado de releer mis memorias. Busqué en mi saco las llaves de mi auto para volverme a casa. No era un gran auto, era solo un Corsa, nada del otro mundo. Así y todo tenía que suceder. ¿El destino? No puede ser, yo no creía en esas cosas, pero en ese momento sabía que estaba algo grande iba a suceder. Sonó un ruido a alarma. ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Tenía que ser mi auto! Me fui corriendo a él y los ví. Eran “El Topo” Aguirre y “El Pollo” González. Sabía que tenía que hacer
algo. Lo que hubiera hecho el Ingeniero Santos era llamar a la policía pero yo lo odiaba, odiaba al Ingeniero Santos de la logia y la rectitud. Desenfundé mi revólver y maté a uno, al otro lo perseguí y también lo maté”

releía Ricardo entusiasmado mientras señalaba la primer página de la letra M.

– ¿De quién habla? – preguntó Gutierrez.
– Debe ser de su esposa y su hija que lo estaban esperando en el auto – respondió Romero.

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12 comments

  1. Pero qué te mandaste? Un “Soy Cuyano” bien añejo, cosecha fines de los ’80 – principios de los ’90? Pero pófavóoooooo!
    Me gustó el cuento, en un momento me perdí pero retomé bien 🙂
    P1: Qué cornos es una “Moleskine”?
    P2: A que no te acordás del “Lokipen”…

  2. Yo siempre compraba vopolipigopomapa. Vopolipigopomama es la que te agarraste cuando escribías el cuento. 😀
    Muy buena la historia.Me acuerdo del caso del Ingeniero Santos. Muy polémico por cierto.
    En hora buena volviste al lime literario.

  3. Hola Agustin! tantisimo tiempo, soy yo Ingrid (por si no te acordas, iba a Japones, etc)

    Te soy sincera, no lei el post, empece (I swear!)pero tengo que hacer de cenicienta ahora en la casa asi que que cuando tenga mas tiempo te prometo que lo leo.

    Ni sabia de este blog, y te encontre hoy mismo hace unos minutos, sabes como?
    Puse “mandarina” en el goggle y aparecio tu foto con el telegrama de renuncia! chan!

    Bueno, te dejo porque tengo 2 millones de cosas que hacer, ser ama de casa no es tan sencillo como parecia ser XD

    Inrid

  4. desinteresadamente,me gustaria ayudarlo,para que no sufra mas este tipo de agresiones,que todos los qie fuimos asaltados y robados en nuestras casas,sabemos.-hay solucion,o tengo una solucion para cortar con ese maldito karma,que lo sigue,-tiene que ver con la superticion,el ocultismo,algo que puedo realizar,y no hace falta que el ingeniero crea en mi o,en dios,o en los espiritus,es simple y a el va a funcionarle–jajaja,-ademas soy un empresario,y deseo ayudarlo.atte manuel carmona

Antes de darle al botón "Publicar" y mandar todo al carajo, te recomiendo que respires hondo y leas las FUQ que te iluminarán el camino :)

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