Herido de dudas

Sí sí, volvemos con un cuentito…

“…ojalá por lo menos que me lleve la muerte
para no verte tanto para no verte siempre
en todos los segundos en todas las visiones
ojalá que no pueda tocarte ni en canciones…”
Silvio Rodríguez

Abrí la puerta del armario y busqué lo último que quedaba de Vat 69. Mi presupuesto solo daba para eso y un par de cubitos de hielo, no podía aspirar a darme un gusto más caro.

¡Chin! sonó el timbre mientras se abría la puerta del ascensor.

“… quién fuera Alí Babá, quién fuera el mítico Simbad…” escuchaba en mi cabeza y la tarareaba.

A las seis de la tarde, el ascensor estaba repleto de gente. El edificio era un cambalache de oficinas, trabajos y empleados.
Mientras el ascensor descendía silenciosamente una chica se maquillaba, otro meneaba la cabeza al ritmo de su reproductor de mp3. Escuchaba la música tan fuerte que desde afuera podía apreciar su música. “Tiene buen gusto el chabón, está escuchando Metallica” me dije.
El ordenanza del edificio no reparaba en discreción, se metía el meñique en la oreja y trataba de sacarse la mugre de la misma.
“Hay un hijo de puta que no se bañó” pensé y lo mismo otras personas que compartían conmigo el ascensor ante el hediondo olor “a chivo”.

Chiiiín, y abrió la puerta del ascensor.

“… quien fuera un poderoso sortilegio…”

¡Por fin la luz del sol!
Viernes, seis y diez minutos. Mejor no podía ser, el mejor día de la semana según mi filosofía barata de la semana. Todos los días deberían ser viernes porque uno (generalmente) termina el día con buena cara.

Encaré Corrientes y subí por la avenida. Doblé en Libertad siguiendo el paso del ritmo porteño, trancos largos y constantes. Uno nunca para de caminar a pesar que no pueda avanzar. Se pisa, se empuja y se pide disculpas si duele haber pasado por arriba a alguien.
Me estaba adentrando a mi barrio… Montserrat. ¡Cómo me gusta Montserrat, tan viejo, tan agrietado, tan gris, tan embriagante y atractivo!

“… quien fuera el batiscafo de tu abismo…”

Mi pasada indiscutible era por un cyber mugriento que atendía un chino. Además de cyber era locutorio y tenía un pseudo-quiosquito.
– Chen -se llamaba el chino-, dame un pucho y fuego.
– ¿Cuándo va comprar paquete entelo?
– El fumar mata, Chen. Por eso me mato discretamente.
Mientras fumaba en la puerta se sentía un olor raro. Ese local era irreal. Salía del fondo un olor a sopa o algo así: indescriptible.
La razón era que en el cuartito del fondo vivían no se cuántos chinos. Nunca supe cuántos vivían allí y los veía salir de fondo con una ropa parecida a pijamas (tal vez eran pijamas). Pero si hubieran sido pijamas no creo que tan impúdica y gentilmente salieran a caminar por el barrio.

“Bueno, seis y media. Ya es hora de pirármelas a casa” pensé y seguí mi camino por Libertad… hacia la libertad y a la vez al cautiverio de mi departamento.

Mientras caminaba revisando mi andar iba contando: mil novecientos y pico, y pico y dos y tres y cuatro… Siempre miraba al piso cuando caminaba, ¿por qué carajo lo hacía? Miré hacia arriba y todavía había luz.
“Qué mierda, odio el horario de verano. No veo la hora que venga el otoño y esté todo gris” pensé.

“… estoy buscando una escafandra,
al pie del mar de los delirios …”

Dos mil: dos mil pasos. Lo bueno de vivir relativamente cerca del laburo.
Era tan simple mi vida de empleado de estudio contable que había llegado al extremo de emocionarme al contar los pasos que me separaban de casa.
Ese era el trabajo que había conseguido…

Y eran treinta y tres escalones. En mi viejo edificio había un solo ascensor de esos muy angostos, de esos que parecían que necesitaran ascensoristas y que siempre estaban descompuestos.

Ya dentro del depto, me saqué todo: fuera la corbata, fuera todo… Encendí el viejo tocadiscos, un Winco que había comprado en una feria de pulgas y puse un disco de Tom Waits… Me gustaba mucho como cantaba ese choborra. Y pensar que me lo perdí cuando vino a cantar a Buenos Aires… Una pena, no tenía un mísero centavo.
Al disco lo conseguí en un sucucho de Abasto, y me encantaba escuchar el chic chic chic del mismo, era casi hipnótico.
Pensar que lo conocí hace tal vez unos cuatro o cinco años cuando un catalán llamado Jose (con acento en la O) me pasó un CD de él cuando hice un posgrado en Toulouse, Francia.

Eso era lo que hacía todos los días cuando tomaba mi copa de Vat 69. Mi presupuesto solo daba para eso y un par de cubitos de hielo, no podía aspirar a darme un gusto más caro.
Mientras escuchaba Tom Waits, terminaba de degustar la última gota de alcohol. Hasta terminé masticando los restos de hielo que había. Me consideraba un tipo que aprovechaba al máximo mi consumo.

“… quién fuera el batiscafo de tu abismo,
quién fuera explorador…”

Me levanté y allí estaba ella en la cama, semidesnuda cubierta delicadamente por una sábana blanca, pasé por su lado tratando de no despertarla y abrí lentamente la puerta-ventana del balcón. No sabía que hacer frente a ella. Me quedé mirando la calle, viendo pasar los autos y los cartoneros.
Mariana se llamaba aquella belleza, la había conocido también en Toulouse ya ni sé cuánto tiempo.
Pero ya tenía que partir…

“… corazón obscuro,
corazón con muros…”

Nunca había pasado nada entre nosotros anteriormente, pero allí estaba ella, tendida sobre mi cama como si siempre hubiese sido la cama de ella.
Y ya tenía que partir…

Tres años antes se me había pinchado la goma de la puta bicicleta y ya me veía llegando tarde. Tenía que atravesar el puente a las ocho de la mañana y la neblina era terrible.
Evidente llegué tarde y me puteaba a mí mismo por ser tan pobre de tener que ir siempre a la facultad en bicicleta. No me alcanzaba con el sueldo part-time que tenía en un local de comida rápida. La vida en Toulouse fue jodida para mí, no tenía un puto mango.

En fin, ya estaba ahí, en el salón y parecía no quedar un asiento libre, salvo el de Mariana. Mariana me hacía acordar a una canción de Silvio (Rodríguez).
Lo único que pude hacer fue preguntarle en mi pobre francés:
– Excusez-moi, Est-ce que cette chaise est occupee?
– Non. Allez-y.
La ubicaba de vista, pero nada más..

“.. corazón que se esconde,
corazón que está dónde…”

Terminada la clase se me acerca Jose y me dice:
– Boludo, está guapa Mariana ¿no le hablaste?

El colorado Jose era español pero argentino de alma. Antes de conocerme había estado compartiendo departamento con unos argentinos y por ende se contaminó con las mejores (o mejor dicho, peores) cosas de mi cultura. Sabía todas las puteadas argentinas habidas y por haber y era un experto haciendo empanadas.
Una vez me preguntó:
– Oye, boludo. ¿Qué significa “todos tenemos un bichito en el prontuario del corazón”? O algo por el estilo…
– ¿Y eso de dónde lo sacaste?
– Es que hace un tiempo atrás tus compatriotas me prestaron unos CDs de Bersuit y la verdad es que no puedo dejar de escucharlos.
– Aaaah, bueno. Es más o menos lo que tenés vos en tu haber amoroso…

Mariana me parecía inaccesible, Jose pensaba lo mismo. Era de esas mujeres en las que uno por más que se esforzarse por lograr su atención, no lo lograría. Era ella la que decidía a quién acercarse.
No estaba en mis planes acercarme, ya me había enrollado con Bruna, una brasileña que vivía cerca de casa, aunque sabía que no íbamos a llegar muy lejos.

En el transcurso de cuatro meses conocí un poco más sobre la vida de Mariana, un poco por las pequeñas reuniones que hacían algunos estudiantes extranjeros. Me costaba mucho entrar en el círculo de los franceses, salvo con Julien que era buena onda.
Al final Mariana resultó ser más agradable de lo que yo pensaba por mis ideas preconcebidas.

El día que me volvía a Argentina, estaban en el aeropuerto las pocas amistades (pero verdaderas) que había hecho. Julien se acercó con un paquete y me dijo:
– Ésto te lo envía Mariana.
– Ok, gracias.
Jose no estuvo ese día. Dos semanas antes se había ido a Londres, quién sabe por qué causa… Creo que tenía “algo”. Era un verdadero personaje.
Fue duro pasar por línea que me separaba de ellos. Sabía que me costaría horrores volver a Europa viviendo en Argentina con un sueldo de empleado.

Una vez sentado en el avión abrí el paquete y ví que era un libro de anotaciones. En cada página había un mensaje de saludo de cada uno mis amigos de salidas. Por supuesto que Jose fue el primero. Y el último fue el de Mariana.
No solo eso me sorprendió, sino también que había pegadas algunas fotos en las que aparecía yo (no ebrio) en varias fiestas donde ella estuvo. No me había percatado que me había sacado esas fotos. Tal vez sí estaba ebrio.
Por último decía “escríbeme a … @yahoo.fr”

Hace solo un par de meses me escribió un correo en castellano: “Voy de vacaciones a Argentina. ¿No tendría inconveniente en hospedarme en su apartamento?”.
Me sorprendió su imprevisto mail y que también que se haya puesto a estudiar castellano.

Un 25 de febrero reapareció ella en mi vida.
El acercamiento que nunca habíamos tenido en meses lo tuvimos en los días que estuvo en mi departamento.
Mi concepción del mundo había dado un vuelco. Mi penosa y aburrida vida de hombre asalariado, de empleado de oficina había sido opacada por algo que me llenó.
Le rogué que se quede conmigo, en mi modesto departamento por siempre y para siempre. Hasta le había prometido algo más formal.

“… ayer te leí una mano…
… ayer apreté el interruptor de encender la luz
y encendí el sol…”

Pero ya era hora de caer a la realidad y no estaba ni en sus planes quedarse en Argentina, ni en mis planes irme para allá. Pronto partiría y era inevitable.

El último día en mi departamento Mariana estaba mentalizada para no mostrarme afecto. Volvía a parecerme tan inaccesible como cuando la ví por primera vez, aunque yo sabía que algo sentía y que sería doloroso para ambos.

Partía de Ezeiza a las cinco y media de la tarde, por lo tanto a las dos de la tarde ya se estaba subiendo al taxi.
No la acompañé, ese domingo había arreglado para ir a un espectáculo de tango con ex-colegas del trabajo.

Y ya tenía que partir…
La despedí, se subió al taxi…
– Au revoir – me dijo.

Dí media vuelta y me fui arrastrando hasta la primer boca del subte que encontrara en mi camino de vuelta. Ni me preocupó en qué dirección estaba yendo…
Pasada dos estaciones me percaté…
– Ah, a los Incas… voy bien.
Lo único que veía eran mis pies.

Primero lloré por mí, por cobarde y egoísta y después lloré por verla morir…

“… ni el recuerdo los puede salvar,
ni el mejor orador conjugar…”

A las tres y media sonó mi celular. Era Mariana.
– Ya son las tres y media y debo subir al avión. Solo te llamaba para despedirme.
No me salió una palabra más que “Gracias por llamarme…”

Me gustaría haber podido decir lo que dijo Silvio: “…no he estado en los grandes mercados de la palabra, pero he dicho lo mío a tiempo y sonriente…”.

Hasta dentro de tres años.
Tal vez habremos de encontrarnos otra vez.

“… corazón en fuga,
herido de dudas y amor… “

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5 comments

  1. qué te podría decir…
    es como si lo hubiese vivido en alguna de mis vidas pasadas 😉
    mucho antes de la involución actual:S

    lo de contar los pasos me trajo un mal recuerdo… el “107 steps” del selmasongs, te ubicás? …el camino a la horca… literalmente.

  2. Todos tenemos nuestros silencios culpables. La historia nos absolverá (o no).
    PD: Celebro el regreso de los cuentos.

  3. Mina: la verdad no se me había pasado por la cabeza el tema de los escalones.
    Lautaro Díaz Geromet: Se agradece amigo…
    pd: si celebra por mi cuento, envíe algún salamín/leber/pavadita para picar con el fernet/porrón.

Antes de darle al botón "Publicar" y mandar todo al carajo, te recomiendo que respires hondo y leas las FUQ que te iluminarán el camino :)

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