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Me desperté en las vías del tren, una leve llovizna caía y sentía las gotas rebotando en mi frente. Me dolía la cabeza y no entendía qué hacía allí.
Tenía los miembros entumecidos y ví como el tren venía hacia mí, me incorporé lo más rápido que pude y me arrastré al lado de la vía.
El tren pasó con un estruendoso sonido y la llovizna me seguía golpeando la frente. Me quedé tirado un buen rato.

Me levanté y me dirigí a la estación, mientras pisaba los charcos y me embarraba más de lo que ya estaba. No entendía nada, no sabía por qué estaba ahí ni cómo había llegado.
“Bueno, al carajo, mejor me vuelvo a casa” pensé y fui a la boletería.
La boletería estaba llena… “Disculpe, ¿qué está ocurriendo?” le pregunté a una señora. Ni atinó a mirarme.

Por ahí escuché que había ocurrido un accidente en las vías, un hombre se había arrojado a las vías y el tren lo arrastró varios metros. Obviamente el desgraciado murió en el acto.
“¡Qué lo tiró!” dijo un anciano con un notorio acento italiano.
“Ma sí, me tomo el bondi” pensé y me fui a la parada que está enfrente de la estación de tren.
No pasaba.
Bueno, a caminar…
No paraba de llover.
Era un castigo.
Cada vez llovía más fuerte. Me iba a pescar un resfrío seguro. Las gotas me pegaban, me escupían. Parecía que me odiaban y yo también las odiaba.

Mientras iba caminando solo por las calles de adoquines, escuchaba la música jazz que salía de los bares que estaban repletos. Como así también estaban repletos los bares de malos poetas, los bares de tango y bares de abogados.

Cuatro meses habían pasado. No soy un tipo de ciencia, mas válido sería decir que nunca me fue bien en materias como física o química en la escuela, pero ahora estoy entendiendo un poco la Teoría de la Relatividad. Es sorprendente como cuatro meses sin Elena se me hacen eternos, pero me parecieron tan cortos los cuatro meses que estuvimos juntos. Charly dice “Un amor real es como dormir y estar despierto”.
Mas me arrepentí de no haberle prestado atención a ella el día que la conocí, cuatro meses antes de darme cuenta que Elena iba a ser muy importante para mí.
No soy un tipo matemático, pero en total ya hoy se hizo un año desde ese primer día.

“¡Cómo me gusta Buenos Aires!” pensaba mientras seguía caminando. Me paré en el medio de la calle extendiendo los brazos y mirando al cielo cerré los ojos y abrí la boca para que entren las gotitas de lluvia.
Cuando los abrí, ví que venía hacia a mí un colectivo a mucha velocidad, como sucede siempre esta ciudad.
Irracionalmente, en vez de tirarme a un costado me cubrí la cara con las manos como si eso cambiara algo, como si eso lo detuviera.

Me desperté en las vías del tren, una leve llovizna caía y sentía las gotas rebotando en mi frente. Me dolía la cabeza y no entendía qué hacía allí.
Había vuelto al principio, era un volver a empezar, como si La Vida o La Muerte me hubiesen dado otra oportunidad.
Me reincorporé rápidamente, a pesar del dolor en los músculos porque sabía que el tren iba a pasar y así fue, pasó.
Ni atiné de ir a la parada de colectivos, seguí caminando pasando por los bares de jazz, de malos poetas, de abogados, no me quedé en el medio de la calle y ví pasar el colectivo.
Todos los días pasa lo mismo, llego a casa sorteando diferentes obstáculos. Me pregunto todas las noches por qué estoy solo.

No quedaba otra, la ruptura iba a ser evidente porque ya estaba predestinado. Mi obstinado carácter me había enceguecido porque al principio pensaba que era culpa de ambos ser tan diferentes.
A cuatro meses de no verla más y observar el mundo a mi alrededor me dí cuenta que la gente no cambia tan fácilmente, pero puede matizar su espíritu (si semejante cosa existe) para que las cosas marchen mejor.
Debería haber observado un poco más como hacía ella y escuchar mi propio pulso.

Todavía no había llegado a casa, pisé un gran charco y ni me había percatado, había pisado mierda de perro y tampoco me importó. Bajo el techito de un puesto de diarios y revistas ví al anciano en un banquito y a su anciana esposa a su lado.
– Viejo, andá cebando el mate que voy a la panadería de enfrente a comprar torta frita.

Yo era un tipo al que le gustaban los resultados rápidos y efectivo porque no era del tipo espiritual, sino que era un tipo de los negocios donde uno aprieta y el otro cede. Y ella, tierna, amable y dulcemente no cedía.

Llegué a casa donde encontré refugio para mi patético ser.
Un día La Muerte me dió castigo alejándome antes de lo esperado y todos los días La Vida me castiga devolviéndome a este mundo por un pequeño lapso de tiempo para ver con mis propios ojos lo que perdí, sufrir, consumirme y para que La Muerte me alivie matándome de nuevo.

Es el castigo de las almas en pena que caminan todos los días por esta ciudad.
A Elena le deseo lo mejor.

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4 comments

  1. Esto me hace acordar a las historias del bar del infierno, o las crónicas del Angel Gris. Se ve que la atmósfera porteña te está asimilando. Asimilando para bien, claro, porque los resultados son buenos che.

Antes de darle al botón "Publicar" y mandar todo al carajo, te recomiendo que respires hondo y leas las FUQ que te iluminarán el camino :)

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