Seguime…

“Son las 6 en punto. No veo la hora de irme a la mierda hoy…” pensaba mientras miraba de reojo el reloj.
“Seis y cinco. Me voy fui…” escribí por el mensajero.

Tomé el bolso donde siempre tenía la Guía T, un libro de Galeano que había comenzado a leer y las boletas del ABL (Alumbrado, Barrido y Limpieza), Aysa (agua) y Metrogas (gas natural) que había ido a pagar al mediodía al banco. Todavía estaba a la espera de la boleta de luz.

Salí caminando por el pasillo, pasé la tarjeta magnética por el lector que había al lado de la puerta de blindex y me enfrenté al mundo. En verdad, pasar la tarjeta magnética por el lector era una hipocresía, una mera formalidad. Todos los empleados de la empresa sabían que con solo darle un empujón a la puerta se podía pasar tranquilamente al centro de cómputos.
Pero claro, al principio eso no lo sabía y como no tenía todavía su tarjeta habilitante, tenía que esperar que alguien fuera a abrirme la puerta. “Pero qué infeliz” habrán pensado todos. No importa, yo era un tipo políticamente correcto, o sea un inadaptado social en esta sociedad argentina.

Subí el volumen del reproductor de emepetres… Los alocados alaridos de Janis Joplin tapaban con creces el ruido de los bocinazos de los autos que pasaban rápidamente por la calle. Veía pasar los autos al mismo ritmo que la canción… “… take another little piece of my heart now, baby!” aullé. A nadie le importaba que grite y mueva los manos como si estuviera tocando una guitarra. Gente rara hay en exceso en esta loca loca loca ciudad llamada Santa María del Buen Ayre.

Mientras caminaba por Avenida Corrientes pensando en la nada y sobre nada, crucé una calle y dió la casualidad que una anciana venía caminando de la dirección contraria pero en la misma línea. Por lo tanto a mitad de la calle ambos nos detuvimos, me corrí a un costado, y la mujer al mismo lado. En sucesivos intentos, ambos coincidimos en corrernos en el mismo sentido hasta que la mujer me gritó “¡Hijo de puta!”.
Me quedé mirando hacia el frente y la mujer siguió caminando mientras no dejaba de observarme con los ojos desorbitados.
“Puta pero santa” murmuré y seguí caminando mientras me reía solo.

Llegué a mi mugroso departamento de Once. Por fin un poco de paz. Cero mensajes en la contestadora. Hoy no me rompen las bolas. Pero ya me van a llamar… del laburo.

Ventanita

Sonó el celular. Era Ernesto, un conocido que hice por ahí. Ernesto hacía un tiempo que vivía en Buenos Aires buscando nuevos horizontes, como mucha gente del interior.
Era un buen tipo, macanudo, pero muy charlatán.
– ¡Qué hacés viejo! ¿Cómo estás? Che, esta noche vamos a una joda a la casa de Cristina, la peruana, ¿te acordás de Cristina? Bueno, necesito que me banques, no tengo plata y quiero llevar un vino – Todo eso lo dijo sin pausa.
Pero qué rompebolas este chabón. Siempre hablándome sobre sus potenciales minas…
– Mirá loco, hoy salgo con alguien, no te voy a poder hacer la gamba – rematé.

Nada más alejado de la realidad. Me quedé dormido con un vaso de whisky en la mano mirando “Peter Capusoto y sus videos” mientras a la vez escuchaba Selmasongs de Björk. ¡Qué cuadro patético!
Sonó el timbre, era Sandra por el portero.

– Flaco, te veo muy quieto, dale… bailemos – me dijo ella.
– ¿Eh? – me tomó de la mano y me arrastró a la pista del pub after-office ubicado en algún lugar del centro.
– Estás muy estático vos, ¿qué te pasa?
– No, pasa… que no soy de esta onda. A mi me gusta algún lugar tranqui donde pasen rock.
– Uy, pero que aburrido que sos. ¡Aflojate chabón! No me pareciste tan aburrido cuando te ví ayer.
– ¿Ayer?
– Tonto, estoy en la mesa de ayuda. Yo te envío los tickets con los quilombos que vienen de recursos humanos.
– Ah, ¿vos sos Sandra Ma…?
Y así fue cómo la conocí a Sandra Maglianesi, en un after-office con mis colegas de oficina. Hacía un año que yo había entrado a la empresa, me conocía con todos los del departamento de sistemas de recursos humanos y finanzas pero jamás con la mesa de ayuda. Es que estaba rodeado de consultores caretas que se creían elitistas.

Qué decir… Sandra era una chica especial, nada de compromisos, hacía su vida, pero no salía (o lo hacía) con nadie más que conmigo.
Era lo que Ernesto denominaba “estabilidad sexual”.

– Sí señor, yo no quiero una novia, no quiero compromiso, quiero estabilidad sexual – decía él tajantemente mientras yo me dedicaba a vaciar el vaso de cerveza en un bar rockero de Avenida Corrientes casi Ayacucho – ¡Daaale pibe, ponete algún tema de Zeppelín! – mientras me daba una ficha para la rockola.

No compartía totalmente esa idea, aunque tenía esa “estabilidad” que me daba Sandra. Sin embargo me hubiera gustado compartir más tiempo del que compartía actualmente con ella ya que la consideraba una mina interesante, divertida, con algunas cosas en común: como el barrio en que habíamos nacido, algunos gustos musicales, cosas un poco superfluas si uno las ve con ojo crítico.

Yo era un poco chapado a la antigua para ella, por no decir conservador pero a ella le gustaba que fuera así, como así también me gustaba su forma de ser, pero solo sucedía con ella. Con otra mujer hubiese sido más estricto.

– ¿Me vas a dejar pasar? – con una sonrisa.
– Sí, pasá ¿cómo andás?

Y sí, vino a los bifes como hacía siempre y sin nada de vueltas. Al rato, sentada en la cama sacó una tuquera de su bolso y le dije:
– Pará flaca, ya te dije que adentro no. Vamos a la terraza si querés
– Pero hace frío…

Entramos al estrecho ascensor en el que apenas entran 3 personas con mucho esfuerzo.
– ¿Sabés qué? Te extrañé.
– ¿Ya venías fumando antes de llegar a casa, no? ¿No estarás embarazada, no?
– ¡Jaja, pero qué tarado que sos…!

Piso 13, llegamos a la terraza y nos sentamos al borde. Ella se puso a fumar, yo saqué mi bolsita de tabaco y papel.
– Uy, tanto quilombo por un pucho. Comprate un atado y la hacés más fácil…
– No avisaste que ibas a venir.
– Transmisión de pensamiento. Sabía que estabas con ganas – dictaminó y después me preguntó – ¿vos sabés por qué estás solo y siempre estás esperando a que yo aparezca por “casualidad“?

Sandra era medio psíquica, alguna boludez de esas, o tal vez era muy observadora. Yo era totalmente escéptico a esas cosas hasta que dio con una seguidilla de aciertos sobre mi vida privada.

– Soy todo oídos – encongiéndome de hombros.
– Resulta que vos tenés pasta para líder. Sos el tipo serio, el que da el ejemplo y arrastrás a tu equipo donde sea y todos te siguen sin vacliar. Sos tan respetado que nadie se te acerca. Y obviamente menos alguna mina, salvo una tarada como yo porque no-te-ten-go-mie-do – y movía el dedo haciendo un NO – No sos tan duro como te la tirás.
– Ja, pero qué cantidad de boludeces – aunque me parecía bastante lógico su veredicto, no me consideraba un “líder” como decía ella.
– Además ¡qué chabón que sos! – mientras meneaba la cabeza y se llevaba una mano a la frente – Me encantás, me das esa seguridad que otro no me da. Sos super predecible, y se que siempre vas a estar disponible para mí. Hacemos un buen equipo.

Me terminé de fumar el cigarrillo.
– Parate – ofreciéndole mi mano.
Se paró, la tomé fuerte de la cintura y el cuello. Le dije:
– Bueno, después de todo lo que me dijiste, seguime – y mientras la besaba me lancé, me dejé caer al vacío arrastrando a “mi equipo, mi Sandra”.

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Este obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 3.0 Unported.

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7 comments

  1. estamos inspirados!
    lindo cuento, más si lo leés escuchando new world del selmasongs.
    empiezo a agarrar el gusto a la lectura de cuentos, seguí escribiendo, jeje.

  2. Tal vez sea más facil escribir un libro que plantar un árbol y tener un hijo…
    Mina: si te gustó el cuento enviame unas paceñas (me refiero a la cerveza).

Antes de darle al botón "Publicar" y mandar todo al carajo, te recomiendo que respires hondo y leas las FUQ que te iluminarán el camino :)

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