Resaca

AMABLEMENTE
(Milonga – Rivero y Marini)

La encontró en el bulín… Y en otros brazos
Sin embargo canchero y sin cabriarse
Le dijo al gavilán… Puede rajarse
Que el hombre no es culpable en estos casos
Y al encontrarse solo con la mina
Pidió las zapatillas y ya listo
Le dijo cual si nada hubiera visto
cebame un par de mates Catalina
La mina jaboneada le hizo caso y el barón
Saboreándose un buen faso
la siguió chamuyando de pavadas
y luego besuqueándole la frente,
con gran tranquilidad…amablemente
le fajó treinta y cuatro puñaladas.

Me desperté una húmeda madrugada de otoño, con la espalda y el cuello dolorido. Estaba lloviendo y desde la ventana se veía el destello de los relámpagos.
“¡Qué dolor, cómo me duele todo!” mientras me enderezaba me preguntaba qué hacía durmiendo en el piso cuando tenía la cama al lado. No sabía como había llegado a dormir en el piso sin darme cuenta. La explicación a ésto radicaba en las botellas de cerveza que me había tomado esa medianoche y estaban desparramadas por el piso de parquet.

Volví a la cama y a eso de las seis de la mañana un tarado se puso a tocar timbre a todos los departamentos del 1er piso… primero el A, luego el B, después el C, hasta el F, donde funciona un prostíbulo. Sí, en el mismísimo edificio hay chicas que trabajan, que se desloman haciendo felices hombres de familia, jueces, jovenes y todo aquel que pueda pagar y no huela mal.
Rogando que el rufián desista no intenté bajar para increparlo, directamente me tapé la cara con la almohada. A todo esto estuvo media hora con su recorrida por todo el tablero de timbres. Felices se habrán puesto los vecinos pensaba yo.

Ya a las ocho de la mañana, la china que tiene una lavandería en la planta baja del edificio tocó el timbre y dijo: “Vení, bajá. Tengo agua en techo, caño roto en tu departamento”.

La resaca era terrible, embriagante, el timbre parecía un taladro neumático y le dije “ya bajo”.
Cinco minutos después bajé y entré a la lavandería y la china, una mujer mayor pero de rasgos muy bellos me dijo en su castellano atravesado con mandarín lo mismo que me dijo por el portero: “Tengo agua en techo, caño roto en tu departamento, mirá”.
Yo le dije “no, yo estoy en el D” señalando la ventana “el problema es el E”. El departamento E es el de una vieja que camina con andador y que no es la primera vez que tiene problemas con las cañerías. Ya en otra ocasión hubo un problema de cañería en el baño y el techo del hall de entrada se había caido a pedazos.
“Pero que mañanita… mejor me tomo una cafia” entrecerrando los ojos.
Después de eso cerré la puerta del departamento y me fui…

Salí de la ducha realmente relajado, casi como nuevo mientras el noticiero de la mañana anunciaba posibilidades de lluvia… No era aconsejable tender la ropa en el balcón. Otoño se caracteriza por ser una época húmeda con muchas lluvias. La semana entera llueve pero en períodos espaciados. Diluvia media hora y para otra media hora, como si el tiempo tuviera ataques de frenesí por mojarte. Y es tanta la lluvia que uno termina con los pies totalmente empapados.
Era un sábado a las 9 de la mañana. Me encantan los sábados, será porque viene después del viernes que es el día que me pone de buen humor porque se termina la semana laboral.

Muriel me esperaba cerca de su casa, por donde pasa el tren. Muriel Ramsay era una chica rara, no era de aquellas que tomara la iniciativa para nada. No se que le ví cuando empezamos a salir. Siempre fue un poco misteriosa y tal vez por eso me atrajo o tal vez fue la única opción que tuve en ese momento. Recuerdo haberme fijado antes en Soledad, una compañera de curso de ella (pero no amiga), la que realmente me gustaba pero nunca hubo “química” con ella y bueno,… “es lo que hay, Muriel no es mala mina y tenemos cosas en común” me dije.

– Señor, disculpe. ¿Va a pagar el ticket? – me dijo una señora que estaba detrás de mí formando la fila.
– Uy disculpe. – “Otra vez con mis cuelgues” pensé.
Fue en esta estación donde me encontré por primera vez con ella. Ese día iba a salir con el grupo de la facultad, justamente con Soledad y otras personas, entre ellas estaba Muriel.
Y tan marcado me quedó ese momento que justamente en el plano de trenes tenía dibujado un círculo rojo en esa estación con un texto que decía “Muriel, 10 de diciembre de 2006”, pero pasó un tiempo (tal vez 3 meses) hasta que le escribí una carta de amor, algo que nunca acostumbro a hacer porque no es mi estilo, pero no encontraba forma de acercarme a ella.

A las diez de la mañana ya estaba yendo para su casa, mientras escuchaba el “chacán chacán” del tren…
El tren estaba bastante lleno, había varios turistas, muchos eran brasileños.
Una mujer mayor, sentada al lado mío me preguntó “desculpe, que horas são?”
– As dez e meia – le respondí tratando de hablar un portugués decente.
– E você fala muito mal brasileiro – con sonrisa despectiva.
Sólo sonreí y no me molesté en responder, ni siquiera en enojarme porque me daba más jaqueca. Sin embargo en el fondo de mi corazón le deseaba las peores vacaciones de su vida.

Llegué, lloviznaba un poco, lo suficiente para mojar. Estaba bajando del oxidado puente de metal de la estación cuando me llegó un mensaje que decía: “Me levanté un poco mal, me duele la cabeza. Esperá que me baño y voy para allá”.
Ya estaba bastante acostumbrado a que me haga esperar, era algo común su impuntualidad, o tal vez yo era extremadamente puntual.
“Bueno, ella se banca mis manías, yo las de ella. Que se yo, creo que nos llevamos bien” pensé mientras me encendía un puchito debajo del techito de un drugstore o tienda de 24 horas.

“Ja, la despensa de mi barrio no tiene nada que envidiarle a este almacén VIP” me dije murmurando. Me encantan esos almacenes de ramos generales que hay en mi barrio que tienen bar, pool y donde los borrachos se juntan a filosofar y jugar al dominó.
Sí, ese barrio no tenía nada que ver con el barrio de la ciudad (o mejor dicho pueblito) donde vivía yo. Incluso me daba cuenta en las veredas. Las veredas eran de piedra, todas iguales. En verdad no eran de piedra, eran de cemento pero tenían como dibujo un motivo que daba la sensación de ser un piso de piedras. En cambio en mi barrio las baldosas estaban rotas y cuando llovía, seguro que alguna aguardaba para salpicarme entero.

Ya habían pasado cuarenta y cinco minutos y ya me estaba molestando más que preocupando. Le envié un mensaje diciendo “Mirá, si te sentís mal y querés descansar me vuelvo a casa” pensaba mientras para mis adentro me decía “podría haber dormido un poco más, con la resaca que tengo”, aunque me moría de ganas por verla.
A lo que ella me respondió enseguida “No, estoy bien. Ya llego”.
Y llegó a eso de las doce y media, con el pelo suelto, nunca lo usa suelto, siempre recogido, los labios pintados, nunca se los pinta. Sin embargo estaba seria, como siempre.

Le quise dar un beso y me dijo “No, mejor no”. Así era ella, fría en público y un poco menos fría en al intimidad. Siempre pendiente de lo que ocurría a su alrededor. Siempre con miedo a algo.
– Necesito ir a comprar algo.
– Bueno, te acompaño.

– ¿Estás bien? – me preguntó mientras caminábamos por la vereda que corre al lado de las vías del tren.
– Sí (¿bien después de esperar casi una hora?)
– Se que estás molesto, disculpame. Encima a las tres de la tarde tengo que encontrarme con mi profesora por el tema de la tesis.
– Pero, habíamos arreglado salir al centro hoy. No nos vemos nunca, de esto hace 15 días que lo vengo planeando. Y vengo realmente de lejos, me hubieses dicho que ibas a cambiar los planes.
– Sí, lo se. Pero me llamó recién.
– ¿Pero no pudiste decirle que ya tenías planes?
– No, lo siento.
Entramos a la estación de servicio que había enfrente y compró un sandwich caprese que después pidió que se lo calienten.
– Tres cuadras solo para ésto. Este sandwich cuesta el doble que mi pasaje de tren – pensé… – la voy a matar a esta mina.

Y volvimos a su departamento, a todo ésto era la una de la tarde y yo había hecho semejante viaje solo para caminar en silencio (bueno, tampoco estaba tan mal… creo).
Entramos y me senté en el sillón. Ella estaba más preocupada por acomodar todo a mi alrededor que en prestarme atención a mí y le dije:
– Escuchame, dejá de hacer eso y sentate conmigo.
– Pero Miguel, vos sos mi invitado.
– No, soy tu novio y no me interesa que tengas el lugar hecho una mugre, sentate conmigo.
– Bueno.
– Hagamos el amor – ya sobre ella.
– Siempre lo mismo vos, no tengo ganas.
– Bueno, hace tres meses que estamos saliendo y apenas pude darte un beso.
– No es tan así.
– ¿Te gusto en serio? Ni siquiera me querés dar la mano cuando vamos caminando por ahí.
– Sí, me gustás.
– ¿Entonces?
– Es que acá todos me conocen.
– ¿Que te conocen? ¿Y a mí qué?
– Sos muy malo conmigo. Bueno, mirá, me tengo que ir ya. Te dejo las llaves para que te quedes y descanses. Vuelvo más tarde. – Y me dió una copia de sus llaves que había hecho en la semana.

Se fue, me quedé solo en su departamento. Hacía un par de meses que Muriel se había mudado a ese barrio y estaba alquilando allí porque le quedaba cerca de la facultad. Todavía había cosas prolijamente dejadas en el suelo, entre ellas mi caja de herramientas que había dejado para después colgar los cuadros. Y es lo que me puse hacer, colgar los cuadros, los diplomas de Muriel.
Si bien el departamento era muy agradable, había cosas que no encajaban. Como una caja fuerte de 1,70 m en el armario empotrado en la pared. Resulta que anteriormente había un estudio de escribanía y la dueña nunca los increpó para que se lleven la misma.
Muriel tampoco tuvo el caracter para exigirle a la dueña quitar esa monstruosidad y todavía seguía allí.

La heladera tenía pocas cosas, muchos yogures diet, un apio, agua mineral y varias botellas de cerveza Heineken que no encajaban con la estética de la heladera y que habían quedado ahí desde la inauguración del departamento. Muriel es totalmente sana, no toma, no fuma, no bebe, no consume cafiaspirinas ni café, ni siquiera le gusta el mate. No se que hago con una persona tan ¿sana?

Ese “más tarde” se convirtió en nueve de la noche cuando volvió ella con una rosa en la mano mientras yo terminaba de martillar el último clavo para su querido diploma del concurso de pintura.
– ¿Y esa rosa?
Ella mirando a la rosa y después al piso me dijo:
– Me encontré con Luis, lo siento pero no puedo seguir con vos.
– ¿Pero, pero no era que ya no lo querías?
– Eso pensé, pero me pidió que reconsiderara y lo intentemos.
– ¿Y vos le dijiste que sí?
– Sí, lo siento Miguel… mejor andate – y se fue a la cocina a lavar los platos. Cada vez que ella se ponía nerviosa lavaba los platos, aunque estuvieran limpios… ¡Pero qué manía! pensaba yo.

– O sea, que nunca me quisiste.
No respondía, solo lavaba los platos.
Quería gritar, patalear, que me mire a los ojos y me diga la verdad, quería golpear la puerta, darle un puñetazo, un martillazo. Y un martillazo dí, pero no fue a la puerta… fue a la cabeza de Muriel que dió un grito doloroso y quedó arrodillada en el piso, aún teniendo en su mano la esponjita.

Fue en ese preciso instante que un calor me llegó hasta la cabeza y un fuego controló mi cuerpo y con la punta del martillo una y otra vez terminé de hacer mi trabajo de reparación en ese departamento. Ya estaba terminado.
Después me quedé arrodillado junto a ella, llorando. Qué desperdicio de vida ella. Esas personas que siempre pasaron desapercibidas, sin voluntad, sin iniciativa, nunca tomaba riesgos, iba a lo seguro. Algunos me dijeron que era aburrida. Yo pensaba o pensé que era una chica estable y me conformaba con eso. Pero ya no.

Le di un beso en la frente y la metí en la caja fuerte en la que cabía con toda comodidad, destapé una Heineken y mientras la bebía cerré la ventana porque parecía que iba a llover, vi televisión un rato y me fui a dormir.

Me desperté con la espalda y el cuello dolorido, como el día anterior. Estaba lloviendo y desde la ventana se veía el destello de los relámpagos. Me preguntaba qué hacía durmiendo en el piso cuando tenía la cama al lado.

Volví a la cama y a eso de las seis de la mañana un tarado se puso a tocar timbre a todos los departamentos del 1er piso… primero el A, luego el B, después el C, hasta el F. A todo esto estuvo media hora con su recorrida por todo el tablero de timbres.

A las 8 de la mañana, la china que tiene una lavandería en la planta baja del edificio tocó el timbre y dijo: “Vení, bajá. Tengo agua en techo, caño roto en tu departamento”.
Bajé y entré a la lavandería y la china, me dijo: “Tengo agua en techo, caño roto en tu departamento, mirá”.
“no, yo estoy en el D” señalando la ventana “el problema es el E”. El departamento E es el de una vieja que camina con andador y que no es la primera vez que tiene problemas con las cañerías.
Me volví… “Pero que mañanita… mejor me tomo una cafia”.
Después de eso cerré la puerta la puerta del departamento y me fui a tomar el tren de regreso a casa.

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9 comments

  1. No entiendo la manía de los hombres de pagar lo que compra una mujer y tampoco no entiendo la manía de las mujeres que piensan que los hombres TIENEN que pagar todo lo que compra, aunque sea un sandwich… y eso que me eduqué en Argentina, pero lo sigo sin entender… hay cosas mucho más importantes que…eso
    Ya me puse la chaqueta a prueba de balas…por si acaso :mrgreen:
    Saludotes.

  2. Nora: la verdad es que no había pensado en esa interpretación del sandwich, tal vez fue un “gap” en mi redacción. Eso es lo bueno de una historia, puede haber varias interpretaciones dependiendo las experiencias de cada uno. 😎
    Pero no. El protagonista no le paga el sandwich a la chica. No soy tan boludo… digo, no es tan boludo. :mrgreen:
    Mina: la china estaba vestida como vos quieras (incluso hasta de gaucho), ¡usá tu imaginación! 😛
    Con respecto a nombres reales, mi próximo cuento (fábula) podría ser “Mina, el cerdito y la caja fuerte”.

Antes de darle al botón "Publicar" y mandar todo al carajo, te recomiendo que respires hondo y leas las FUQ que te iluminarán el camino :)

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